Sólo la cruz de Cristo es el puente hacia Dios
En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. El Hijo de Dios se hizo hombre para librarnos de nuestros pecados: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. (Mt 1, 21) “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. (Lc 2, 11) El hombre caído no puede salvarse a sí mismo. Después del primer pecado de nuestros primeros padres no podemos abrir el cielo nosotros mismos. Ninguna enseñanza de autoredención promovida por los hindúes o budistas, ningunos métodos humanos pueden salvar a nadie o librarle de sus pecados. Entre nosotros y Dios hay un gran abismo. El hombre caído está en un lado y Santo Dios en el otro. Ningunos esfuerzos humanos, buenas obras, religiones autoredentoras ni meditaciones pueden salvar este abismo. El único puente es la Cruz de Cristo. Cruzando este puente, el hombre pecador puede unirse a Dios Santo. Estas son las simples verdades del cristianismo.
Humildad
Me gustaría animaros un poco y volver a señalar la virtud esencial —la humildad— que debe penetrar todas las cosas y todas las virtudes. Cualquier virtud sin verdadera humildad se pierde. ¿Por qué? Porque la humildad es la verdad. No considera nada como suyo propio y lo ve todo a la luz. Y luego, lo contrario de la humildad es el orgullo. El orgullo conduce a la desobediencia. El orgullo había convertido ángeles en demonios. El orgullo fue el origen del primer pecado de Eva. Debéis disociarse de Eva y recibir a la nueva mujer, María. María es vuestra madre. Ella venció a la serpiente, al diablo, por su obediencia y fe. Ella es humilde: “Dios ha mirado la bajeza (humildad) de su sierva”. (Lc 1, 48)
Cuando entráis en conflicto con alguien, lo más importante es que entréis a la luz y que os culpéis a vosotros mismos. Si lo intentáis y os humilláis de esta manera, el diablo huirá y no habrá más autocompasión, amargura o ira hacia vuestro vecino. ¡Funciona al cien por cien! Solo empezad a practicarlo.
¡Jesús y yo juntos! ¡Nunca más solo!
Jesús te ama; Él pone Su confianza en ti. Nunca digas que algo está más allá de tu poder. Dios siempre nos da la fuerza. Confía en la Palabra de Dios que dice: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”. No confíes en las palabras del diablo quien dice: ¡No lo puedes aguantar más! Estas son las palabras del diablo, y el viejo hombre, como un zorro astuto lleno de orgullo, se inclina a creer estas tonterías y mentiras una y otra vez.
Cada día trae su propio afán, pero tengo que darlo al Señor. No quiero que estas cosas me preocupen, y si tengo que llevarlas, entonces quiero llevarlas junto con Jesús: Jesús y yo. Sólo se necesita una cosa: ¡¡juntos —Jesús y tú—!! ¡Jesús y yo juntos! ¡Nunca más solo! Tenemos que probarlo en la práctica no sólo cada día, pero un número de veces al día. Y no sólo uno o dos días, sino hasta la muerte. ¡Este es el remedio milagroso para todo: la unión con Jesús!
Dónde conseguir el coraje y la fuerza?
Jesús dice a los apóstoles varias veces: “No temáis!” La Escritura dice en muchos lugares: “No temáis!” Cuando tenemos miedo, hagamos frente a la verdad. Y dónde conseguir el craje y la fuerza? En la oración. En la presencia de Dios. Cuando oras, no hables a sí mismo, ya que tal oración no te dará fuerza. En primer lugar date cuenta: ¿Dónde está Jesús? Él está aquí y te está esperando. Él está esperando que entres en contacto con Él, que Le des tu pecado y tus problemas. Estas dos cosas. Tu pecado primero y luego tus problemas. Nosotros no lo hacemos.
Dios nos habla…
Dios habla a nosotros, pero el problema es que nosotros no somos capaces de escucharle. El problema está en nuestro receptor. Nuestro corazón debe estar en sintonía con Su voz. Él quiere trabajar a través de ti, a través de tu fe también. Cuanto más débiles somos, tanto más confianza necesitamos poner en el Señor, porque “cuando soy débil, entonces soy fuerte”. ¡Jesús, en Ti confío!
No caigas en la autocompasión, pero ve a Jesús, afiérrate a Él y aprende de Él. Él te dará la verdadera sabiduría, Él te dará la fuerza, Él está vivo, Él está aquí, y Él te ama más que tus padres o tus hijos te pueden amar.
La lucha más dura: la lucha contra nuestro “yo”
Queremos hacer el bien pero seguimos pecando. Esto es causado por nuestra naturaleza corrupta —el viejo hombre en nosotros—. Y por lo tanto tenemos que arrepentirnos una y otra vez. Al fin y al cabo, hay que tener el coraje de cometer errores, porque de lo contrario haríamos nada a causa de la búsqueda de la perfección falsa. La humildad es la voluntad de aprender. Tenemos que aprender de nuestros errores, pero por mucho que nos esforcemos, no dejaremos de cometer errores.
¡La lucha por las almas!
¡No discutamos sino testifiquemos! Repitamos la verdad: esto es esto. Puedo empezar una discusión, pero si veo que la persona con la que hablo rechaza la verdad, tengo que decirle claramente: “Esta es la verdad y te concierne personalmente. O crees o no. La realidad es que vas a morir y si te gusta o no, comparecerás ante el tribunal de Dios y entonces irás al cielo o al infierno. Quiero decirte una cosa: si quieres ser salvo, debes dar tus pecados a Jesús; debes confesarlos y arrodillarse ante Él, recibirle como tu Salvador, recibir Su Evangelio y Su camino. El que persevere hasta el fin, éste será salvo. ¡Y nadie será salvo sin fe! ¡No sin filosofía, pero sin fe!”
Reflexiones sobre Romanos 7:13-15
“Entonces, ¿lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? ¡De ninguna manera! Más bien, el pecado, para mostrarse como pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que el pecado, por medio del mandamiento, llegara a ser extremadamente pecaminoso. Sabemos que la Ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido al pecado. Lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago.”
En los versos 13-19 se habla de pecado que se sirvió de una cosa buena para hacerme morir. Debido a los Mandamientos de Dios se desenmascaró el poder extremadamente pecaminoso. El mismo Mandamiento de Dios no da poder para vencer al pecado. Desde nuestro nacimiento somos vendidos a la esclavitud del pecado. ¿Quién nos vendió? Esto hicieron nuestros antepasados por su desobediencia a la palabra de Dios, porque creyeron al espíritu de la mentira y la muerte. Jesús nos ha liberado de esta esclavitud. En la cruz, Él ha vencido al pecado y al diablo. La victoria sobre el pecado es sólo y únicamente en Cristo. Si estamos en conexión activa con Cristo por la fe y dedicación, entonces no podemos pecar (1 Jn 3,6). Por desgracia, cuando salgamos de la presencia de Dios y interrumpamos la unidad con Jesús, estamos de nuevo en riesgo de varias formas de pecado: la arbitrariedad, la pereza, las pasiones diferentes, la arrogancia, la autocompasión, la envidia, la impureza, la vanidad, la codicia....
Reflexión sobre los Romanos 7,5-6
“Porque mientras éramos en la carne, los afectos de los pecados que eran por la ley, obraban en nuestros miembros fructificando a muerte. Pero ahora somos libres de la ley de la muerte en la cual estábamos detenidos, para que sirvamos en novedad de Espíritu, y no en vejez de letra.”
La Sagrada Escritura dice que hemos muerto respecto de la ley por el cuerpo de Cristo, es decir a través de Jesús crucificado, y que debemos andar en novedad de espíritu. Estamos unidos con Él en Su muerte, creamos el Cuerpo Místico de Cristo. A través de Su muerte hemos muerto al pecado, pero también hemos muerto a la ley, es decir, a las exigencias de la ley de Dios, las cuales no somos capaces de cumplir con nuestra propia fuerza.
Reflexiones sobre los Romanos 7,1-4
“¿O ignoráis, hermanos (hablo con los que saben la ley), que la ley solamente se enseñorea del hombre entre tanto que vive? Porque la mujer que es sujeta a marido, mientras el marido vive está obligada a la ley; mas muerto el marido, ella es libre de la ley del marido. Así que, viviendo el marido, se llamará adúltera si fuere de otro varón; mas si su marido muriere, es libre de la ley (del marido); de tal manera que no será adúltera si fuere de otro marido. Así también vosotros, hermanos míos, sois muertos a la ley en el cuerpo del Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, para que fructifiquemos a Dios.”
Rm 7:1-3: El primer marido es la Ley. El segundo marido es Cristo. La mujer casada es cada uno de nosotros. La Ley pone de manifiesto nuestro pecado, nos condena a muerte. Establece los requisitos, pero no nos da la fuerza para cumplirles, y justamente pone de manifiesto que la paga del pecado es muerte (Rm 6:23). Por lo tanto el Señor Jesús para salvarnos de la muerte, murió por nosotros. Debido a esto somos librados del yugo de la Ley y Él, Resucitado, es este segundo marido, que no nos dispensa de las estipulaciones de la Ley,al contrario, Él requiere una adhesión aún más rígida a la ley en nuestros corazones. La diferencia, sin embargo, es en que Él – Resucitado, al que ahora pertenecemos, Él mismo cumple sus exigencias en nosotros. “Permaneced en mí, y Yo en vosotros … sin mí no podéis hacer nada.” (Jn 15:4-5)
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