Reflexiones sobre los Romanos 7,1-4
“¿O ignoráis, hermanos (hablo con los que saben la ley), que la ley solamente se enseñorea del hombre entre tanto que vive? Porque la mujer que es sujeta a marido, mientras el marido vive está obligada a la ley; mas muerto el marido, ella es libre de la ley del marido. Así que, viviendo el marido, se llamará adúltera si fuere de otro varón; mas si su marido muriere, es libre de la ley (del marido); de tal manera que no será adúltera si fuere de otro marido. Así también vosotros, hermanos míos, sois muertos a la ley en el cuerpo del Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, para que fructifiquemos a Dios.”
Rm 7:1-3: El primer marido es la Ley. El segundo marido es Cristo. La mujer casada es cada uno de nosotros. La Ley pone de manifiesto nuestro pecado, nos condena a muerte. Establece los requisitos, pero no nos da la fuerza para cumplirles, y justamente pone de manifiesto que la paga del pecado es muerte (Rm 6:23). Por lo tanto el Señor Jesús para salvarnos de la muerte, murió por nosotros. Debido a esto somos librados del yugo de la Ley y Él, Resucitado, es este segundo marido, que no nos dispensa de las estipulaciones de la Ley,al contrario, Él requiere una adhesión aún más rígida a la ley en nuestros corazones. La diferencia, sin embargo, es en que Él – Resucitado, al que ahora pertenecemos, Él mismo cumple sus exigencias en nosotros. “Permaneced en mí, y Yo en vosotros … sin mí no podéis hacer nada.” (Jn 15:4-5)
Aplicación práctica:
Cuando en el paraíso el hombre creyó al diablo, entonces encarnó el espíritu de la mentira, y por lo tanto la infección del pecado y el mal fue codificada en nuestra naturaleza. Desde entonces, el hombre es esclavizado interiormente por ese espíritu de la mentira; él ama mentira y es fácil engañarle. Y cuando ese hombre es condenado por la Ley de Dios, esto no le lleva a romper con el mal, sino que quiere eliminar la Ley y legalizar el mal hecho pod él como algo bueno. Un ejemplo actual son las Convenciones de las Naciones Unidas y las normas europeas relacionadas con la homosexualidad, que niegan todos los principios morales y espirituales y legalizan el mal. De acuerdo con esta ideología de la mentira, la abominación y el pecado deben ser privilegiados y marcados como derechos, libertad y tolerancia. De hecho, eso es el camino de auto-destrucción, de auto-genocidio de las personas, familias y sociedad entera. La única solución es el cambio del espíritu, y esto es una conversión, cuando una persona va a llamar pecado el pecado y va a recibir la salvación en Jesucristo. En Su muerte es la liberación de la esclavitud del pecado, sino también de las exigencias de la Ley. Una persona va a pertenecer al Otro, al Resucitado de los muertos (versículo 4).
Jesús dice claramente: “Os es necesario nacer de nuevo del agua y del Espíritu” (Jn 3:5). Este es un bautismo de agua y del Espíritu Santo. En el primer bautismo nos injertamos a la muerte de Cristo y Su resurrección, y el segundo bautismo nos da la fuerza para que seamos testigos de Cristo (Hech 1:8) y Jesús a través de su Espíritu pueda vivir en nosotros. Esto requiere el arrepentimiento continuo, es decir, negación de nuestra naturaleza corrupta. Y si renunciamos a nuestra propia voluntad y aceptamos la voluntad de Dios, Jesús puede vivir en nosotros. A continuación, se cumple: “ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí” (Ga 2:20). Él es el cumplimiento de la Ley.
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