Ábrete por fe a la realidad de la muerte y resurrección de Cristo
La Palabra de Dios dice que fuimos sumergidos por el bautismo en la muerte de Cristo. Por la fe debemos abrirnos a la realidad de la muerte de Cristo, que vence al pecado y al diablo. En el momento de Su muerte, Jesús entrega Su espíritu en las manos del Padre. En la muerte de Cristo hay un gran poder que vence. Luego viene la resurrección, la vida nueva. Debemos entrar en la muerte de Cristo en diversas situaciones de nuestra vida. Significa buscar seriamente la voluntad de Dios y poner a Dios en primer lugar en una situación concreta. En otras palabras: renunciar a nuestro propio interés, a nuestra propia verdad, a nuestra propia experiencia en el momento presente y aceptar sinceramente la voluntad de Dios, la verdad de Dios. Esto requiere abnegación. Y entonces, por Su poder omnipotente, Dios puede realizar de nuevo el milagro de la resurrección en esa situación.
En el bautismo también nos hemos hecho partícipes de la resurrección de Cristo, y debemos abrirnos a esta verdad por la fe para que actúe en nosotros. Dios nos ha dado el don de la resurrección a través del bautismo. Él mismo lo hizo. Simplemente lo acepto por fe, aunque no lo entienda. Así que por el bautismo se nos ha dado una vida nueva.
La noche en que Cristo resucitó
Es de noche. Jesús está en el sepulcro. Los soldados custodian el sepulcro. ¿Dónde está la Santísima Madre de Dios esta noche? ¿Cómo pasa ella esta noche? ¿Dónde están los apóstoles? ¿Cuál es su estado de ánimo? ¿Qué sienten? Horror y miedo. ¿Y qué hay de las mujeres que habían seguido a Jesús? ¿Qué pasa con los soldados, enemigos? ¿Cuál es la atmósfera espiritual en Jerusalén? Cristo está en el sepulcro. Los enemigos vitorean…
¡Pero, este no es el final! ¡JESUS RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS! No sabemos exactamente cuándo, las Escrituras no dicen si fue a medianoche o a la una o las dos de la madrugada. No importa cuándo sucedió exactamente. Toda la noche es santa. Después de la muerte de Jesús, Su espíritu descendió de las manos del Padre al lugar llamado sheol, o hades, y quebrantó sus puertas. Luego Su espíritu regresa al cuerpo. Su cuerpo no solo es resucitado, sino también transfigurado. Significa que el cuerpo de Cristo es glorificado. Jesús sale del sepulcro. Atraviesa los muros de piedra. Los soldados siguen vigilando el sepulcro pero ya está vacío. Por la mañana, un ángel quita la piedra que tapaba la entrada del sepulcro pero Cristo no sale. El ángel simplemente revela que Jesús no está allí. La tumba está vacía, Jesús salió de ella. ¿Dónde en Jerusalén está Su espíritu y Su cuerpo glorioso esta noche? La tradición dice que se apareció primero a la Santísima Virgen.
Muerte en Adán, vida en Cristo
«Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron. Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos» (1 Co 15, 20-21). Está escrito: «El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente». Pero, al quebrantar el mandamiento, pecó y se convirtió en un alma muerta. Perdió la vida divina. Todos sus descendientes nacen como almas muertas, privadas de la vida divina. «El postrer Adán ―Jesús― fue hecho Espíritu vivificante». Esta es la única solución para un alma muerta: recibir al Espíritu vivificante. ¿Cómo? Mediante el arrepentimiento. Significa oponerse al sistema de mentiras y orgullo que domina la razón y aceptar las realidades y verdades fundamentales relativas a la vida terrenal y eterna: la realidad de la muerte, la realidad del pecado personal, la realidad del juicio de Dios y, en consecuencia, la del justo castigo eterno. Otra realidad es reconocer a Dios como Creador de todo el universo y de todos los seres vivos de la tierra. Recibir el amor de Dios, que es en Cristo. Él pagó el precio de nuestros pecados. Él nos limpia del pecado y nos da la nueva vida. Recibir a Cristo y recibir su Espíritu es la condición para nuestra salvación, porque squien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él....
El sentido de la vida y el sufrimiento
Recordemos siempre las palabras de Jesús que nos dice que no sabemos ni el día ni la hora en que el Señor nos llamará. La verdadera sabiduría es tener en cuenta la muerte, el juicio, la eternidad y el sentido de nuestra vida y sufrimiento, que puede ser físico o espiritual. En primer lugar, Jesús quiere que nos neguemos a nosotros mismos, nuestro orgullo, la mentira o nuestro punto de vista y que aceptemos el punto de vista de Dios. Y si podemos sufrir por causa de Cristo, si estamos humillados, ridiculizados o incluso si la gente nos escupe en la cara, debemos alegrarnos. En la octava bienaventuranza leemos: “Bienaventurados sois cuando os vituperan y os persigan, y dicen toda clase de mal contra vosotros por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos” (Mt 5, 11-12). Pero a menudo nos sentimos deprimidos o somos inmersos en nuestros pensamientos o monólogo interior. Cuando surge un problema, lo primero es: ¿Dónde está Jesús?
La humildad es la base de todas las virtudes
De todas las personas, la Virgen María es el modelo supremo de la humildad. El Señor Jesús, Dios y Hombre, dijo: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. Él dijo claramente que esto es lo que debemos aprender de Él. Él claramente lo exige de nosotros. Debemos prácticamente negarnos a nosotros mismos, aceptar nuestra cruz y seguirLe humillado, abandonado y crucificado. La humildad es la base de todas las virtudes. Lo opuesto a la humildad es el orgullo que conduce a la muerte eterna, mientras que la humildad es la clave del cielo. La humildad vence al diablo y al viejo hombre en nosotros. Diferentes formas de celos, la comparación con los demás, la competitividad incluso en la vida espiritual, la tristeza cuando alguien tiene éxito; ¡todo esto es un pecado de orgullo! Necesitamos humillarnos en pensamientos una y otra vez. Pero, subsiguientemente, tenemos que hacerlo en palabras, hechos y gestos también. La tristeza es a menudo un signo de preocupación por nosotros mismos, el fracaso en lograr nuestros planes o sueños, etc. A menos que crezcamos en esta virtud, nunca tendremos una verdadera unidad con Cristo ni con ningún hombre.
Dos alas de águila grande – ¡ORACIÓN Y AYUNO!
La Palabra de Dios dice: «Y cuando el dragón se vio precipitado en la tierra, se dio a perseguir a la mujer que había parido al Hijo varón. Pero fueron dadas a la mujer dos alas de águila grande, para que volase al desierto, a su lugar…» (Apocalipsis 12, 13-14).
Así como Moisés, enviado por Dios, sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto y lo llevó al desierto, así también hoy Dios envía a la Reina de los Profetas para guiarnos en nuestro camino por el desierto espiritual. Ella conoce el camino, lo recorrió antes que nosotros.
Dios nos ha dado «dos alas de águila grande»: oración y ayuno. Estas son las alas que tienen el poder de elevarnos por el camino de la santidad. Las vidas de los santos dan testimonio de ello. Sin ellas, no saldremos de Egipto, es decir, de la esclavitud del espíritu de este mundo. Éstos son los medios para salir de Egipto al desierto, al camino de la purificación, que debe seguir a la conversión.
El juicio de Dios
Imagínate que hayas cometido un delito y te hayan llevado ante los tribunales. Hay un fiscal, jueces y policías uniformados. Estás en el banquillo de los acusados, esperando la sentencia. Si dijeras: «Les pido absolución», todos se reirían de ti. ¿Absolución? Estás esperando una sentencia, no una absolución.
Y ahora imagina una imagen distinta. Una vez que estemos ante el tribunal de Dios, el juez principal será Dios. Jesucristo será nuestro Abogado. Las huestes invisibles de ángeles estarán presentes. Satanás, nuestro acusador, nos acusará y exigirá justicia. Si recibimos a Cristo, le entregamos nuestros pecados y vivimos por fe ―en otras palabras, cada vez que pecamos volvimos a Él y le entregamos nuestros pecados una y otra vez para ser limpiados por el poder de Su sangre según la palabra «Si andamos en la luz, la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado…»― entonces, si el diablo nos acusa, Jesús dirá: «Puedes acusarlo tanto como quieras. Da pruebas o argumentos… No hay ninguno».
Jesús espera nuestra fe
Necesitamos con urgencia personas que recen, sufran y lo sacrifiquen todo. Todo esto es amor, ¿y qué podría ser más útil en esta corta vida, en la que no solo se decide nuestra propia eternidad, sino también la de los demás? A través de la fe y el sacrificio, podemos salvar almas inmortales. Es maravilloso que Jesús espere nuestra fe, mediante la cual quiere darnos gracia no solo a nosotros, sino también a los demás, a quienes podemos influir con nuestra fe y oraciones para que se conviertan, se abran a Dios y decidan seguirle.
La pureza es fruto de la gracia de Dios concedida a los humildes
La Santísima Virgen María es un modelo de humildad. Ella dijo: «¡He aquí la esclava del Señor!». «Él ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava». Pongamos nuestros ojos en ella y seamos como ella. ¡Ella es nuestra Madre!
En cuanto a la pureza, recordemos que es fruto de la gracia de Dios concedida a los humildes. La pureza debe estar enraizada en la humildad, es decir, en la entrega total a Dios, o en el amor abnegado y desinteresado. Sin humildad, no tendremos amor a Dios ni al prójimo, ni pureza ni ninguna otra virtud. San Basilio escribe en una de sus cartas: «Aunque sobresalgas en la oración, la abnegación, el sacrificio extraordinario y cosas por el estilo, ¡todo quedaría en nada sin la humildad!». Así que esforcémonos por ocupar el último lugar.
El ABC del Evangelio
Cuánto nos han engañado los diferentes puntos de vista de las Escrituras. Nos hemos olvidado de vivir las Escrituras. Las Escrituras son una guía para la vida. Por lo tanto, debemos comenzar a aprender lenta y seriamente el abc de las Escrituras: p. ej. Jesús dice: «Si tu hermano tiene algo contra ti, ve y reconcíliate con tu hermano». En otras palabras, p. ej. tu hermano descarga su ira y te reprende injustamente y ahora hay una situación tensa. Posteriormente se da cuenta de su culpa y le invade la tristeza. No sabe qué hacer, cómo disculparse y la tensión aumenta. Un viejo proverbio dice: «El silencio es oro», pero en este caso el silencio es un infierno: la atmósfera se vuelve cada vez más tensa y afecta también a las personas que nos rodean. Caras sombrías en ambos lados y la autocompasión funciona a toda velocidad. El diablo y el viejo hombre aportan miles de argumentos contra el hermano y presentan su comportamiento como un crimen supremo. ¿Qué hacer? ¿Quién debería dar el primer paso, o mejor dicho, quién está obligado a darlo? Según el Evangelio, quien ha sido agraviado está obligado a dar el primer paso. Te han hecho daño y, además, tu hermano tiene algo contra ti.
La palabra de Dios es para vivirla, no para filosofar sobre ella
No podemos hacer nada más por miles de almas sedientas, buscadoras e indefensas que decidirnos una y otra vez a entregarnos con mansedumbre y humildad a Nuestro Señor Jesucristo, para que podamos tener Su Espíritu. Sin embargo, lo que vemos en la historia de la filosofía es algo totalmente opuesto. Los fundadores de varias corrientes filosóficas, obsesionados con un pensamiento falso, crecieron sutilmente en orgullo y este crecimiento suyo abrió el poder del espíritu, pero no del Espíritu de Cristo. A diferencia de ellos, debemos permitir que el Espíritu de Dios actúe con poder. ¡Nuestra lucha oculta e invisible es una lucha por la salvación de miles de almas inmortales! Es la fe que vence al mundo. ¡Tenemos que permanecer fieles a Jesús y a Su palabra, el Evangelio! ¡Hay que vivir Su palabra, no filosofar sobre ella! ¡Tenemos que poner en práctica la palabra de Dios! ¡Ojalá vivamos todos los días de nuestra vida con Cristo, para que Jesús esté realmente en medio de nosotros y sea verdad que si dos de nosotros nos ponemos de acuerdo sobre cualquier cosa que pidamos, Él nos la dará! Jesús quiere que tengamos esta unidad, y para tenerla cada uno de nosotros tiene que ir a la cruz, morir a sí mismo, entrar en la muerte de Cristo.
Da gracias en la impotencia y mantente firme en una fe viva
Debemos aprender a aceptar la impotencia, dar gracias inmediatamente por todo y usar la palabra de Dios como espada del Espíritu contra las amarguras y las quejas, es decir, apoyarnos en ella. La palabra de Dios, el Espíritu detrás de ella, nos dará la fuerza. Solo necesitamos detenernos, darnos cuenta de la situación en la que nos encontramos y permanecer en una fe viva: «¡Señor, Tú lo ves! ¡Confío en Ti!». Y luego trata de mantenerte firme en esa fe y vuelve a ella cada vez que todo tipo de presiones invisibles y astutas o pensamientos aparentemente inocentes o buenos busquen desviarte de nuestra unión con Cristo.
Reflexión del Patriarca Elías: Da gracias a Dios por todo, incluso por los golpes que dan forma
Miguel Ángel estaba a punto de hacer la escultura de Moisés. Un día le trajeron una gran piedra o más bien un peñasco enorme. Él y su aprendiz fueron a verlo. Miguel Ángel lo rodeó con deleite. Luego pensó un rato mirando la piedra y dijo: «Veo a Moisés ahí». El aprendiz respondió asombrado: «¿Moisés? No es Moisés; es solo una piedra». Miguel Ángel contestó: «Pero yo lo veo ahí». «¿Qué hay que hacer para que realmente esté ahí?». Miguel Ángel dijo: «Hay que quitar todo lo que no es Moisés». «¿Y cómo sucederá?». «Cincel, martillo y golpes. Son los golpes los que dan forma».
Lo mismo ocurre con nosotros. Todo lo que no es Jesús en nosotros se debe quitar. ¿Y cómo sucederá? Son los golpes los que dan forma. Dios a menudo tiene que visitarnos con pruebas o sufrimientos, a veces incluso a través de otras personas que nos regañan o nos hacen daño, o a través de una pérdida o la muerte de nuestros seres queridos…
Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos…
Si no perdono, tampoco seré perdonado. ¡Pero cuidado! Cuando pienso en mis ofensas hacia los demás, en que no rezo por ellos, en que soy indiferente a su salvación, en que no les doy buen ejemplo, en que digo palabras vanas o airadas, etc., debería pedirles perdón en mi espíritu, o, a veces, incluso con palabras. Me siento culpable hacia la otra persona, y cuando me doy cuenta de que ella también me ha hecho daño, es como un triunfo para mí: tengo una oportunidad. ¡¡¡Algo a cambio de algo!!! Si soy capaz de perdonar, me atribuyo el mérito y, en cierto sentido, triunfo sobre mi prójimo. Entonces puedo decir con sinceridad: «Padre nuestro, perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…». Perdónanos a los dos, a mí y a quien me ha hecho daño. Y ahora perdono, y es como si perdonara también a quienes le han hecho daño a él, y entonces el Señor escucha esa sincera oración del Padrenuestro.
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