El único remedio para todo es Jesús
El único remedio para todo es Jesús. Por nuestra parte, tenemos que aprender a negarnos a nosotros mismos, nuestro egocentrismo, carácter criticón, la envidia o la autocompasión una y otra vez. Si lo alimentamos, habrá un precio que pagar por ello: el enemigo reclamará su derecho a hacernos daño. Por lo tanto, es mejor y más sabio —por nuestro propio bien— que nos humillemos, y seremos sanos de mente y cuerpo. Pero, por supuesto, nuestra alma sólo puede ser curada por Jesús. Él es nuestro Sanador y por sus heridas fuimos nosotros curados. Entreguémosle todos nuestros pecados, enfermedades y problemas. Si no lo hacemos, si solo estamos preocupados por nosotros mismos y no nos preocupamos por Él, no podemos ser sanados, o nuestro problema se desarrolla en otro y al enemigo se le da una nueva oportunidad de reclamar su derecho. Si nos aferramos a nuestra crítica, nuestra actitud, nos dará dolor de cabeza y escrúpulos brotarán como hongos. Ciertamente, tenemos un montón de problemas, pero ellos deben ser una cruz para nosotros que llevamos con amor y no un instrumento de autotortura. Fijemos nuestra mirada completamente en Cristo.
Cristo murió por los pecadores, de los cuales yo soy el primero
Nuestra alma se manifiesta sobre todo a través de la razón y la voluntad. El hecho de que apenas percibimos verdades divinas es causado por la oscuridad que hay en nosotros. El Apóstol Pablo dijo: Cristo murió por los pecadores de los cuales yo soy el primero. Ningún falso misticismo. Él no se consideraba a sí mismo un “supersanto”. La santidad consiste en la humildad, en darse cuenta de la verdad que cada día vivo según mi voluntad, cada día mi alma produce automáticamente pecado, acuso a otros en mis pensamientos, soy un hedonista. Y lo peor es el orgullo humano —el pecado del diablo— cuando uno se niega a admitir la verdad sobre sí mismo.
¡Señor, dame verdadero celo!
Ya hemos transcurrido la mitad de la Cuaresma. Hagamos al menos un pequeño acto de abnegación cada día: reprimamos un pensamiento negativo o la pereza o miedo: ¡Señor, por amor a Ti! Vuelvo mis ojos a Tu cruz. ¿Cuánto sufrimiento has soportado por mí: flagelación, coronación de espinas, el camino de la cruz, la crucifixión! Derramaste toda Tu sangre por mí, pagaste el precio por mí, ¡me amas! ¿Y qué yo estoy haciendo por Ti y por la salvación de mi alma? Señor, dame verdadero celo y ayúdame a negarme a mí mismo en situaciones particulares, a tomar mi cruz y seguirte.
La muerte de Jesús: la victoria sobre el pecado y el diablo
Por el bautismo fuimos sumergidos en la muerte de Jesús. Su muerte es una victoria sobre el pecado y el diablo. Debemos actualizar este misterio del bautismo por la fe para que en nuestra vida cotidiana podamos saborear más y más esta victoria sobre el sistema de la maldad y la mentira que domina el mundo. Nuestra peregrinación de la vida es corta, dura 70-80 años. Este tiempo pasará rápidamente. La vida llegará a su fin, así que vivamos por fe todos los días. Cada día es una lucha contra nuestra pereza o dudas o estamos atraídos por las riquezas para preferir los valores materiales a los espirituales. Naturalmente, necesitamos cosas materiales también, pero tenemos que dar el primer lugar a Dios y la salvación de nuestra alma; porque está escrito: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia …
Cuaresma: tiempo de pruebas
A veces, el período de Cuaresma es un tiempo similar al tiempo que Jesús pasó en el desierto. Él oró y ayunó y fue tentado por el diablo. Afrontando varias pruebas también estamos expuestos a los ataques del enemigo de Dios. El enemigo actúa a través de las mentiras. Él trata de instigar el odio hacia nuestros familiares y amigos más cercanos y, en última instancia, incluso hacia Jesús y el Padre Celestial. Él nos ataca con todo tipo de pensamientos blasfemos y trata de echar la culpa del mal que causó él mismo a Dios. Dios dotó al hombre con libre albedrío y lo respeta. El mal o es causado por el enemigo de Dios o puede ser causado por nosotros mismos cuando somos engañados por nuestros sentimientos, razón, pasiones o el orgullo. Dios hace que este mal coopere para bien si nos humillamos ante Él y andamos en la verdad, la humildad, la disciplina y el amor, si sobrellevamos los unos las cargas de los otros y mostramos misericordia a aquellos que nos hacen daño o consciente o inconscientemente. Dios es AMOR. Él dio a su Hijo por nosotros (Jn 3, 16), y en Él tenemos la vida eterna. “Porque el Señor disciplina al que ama” (Heb 12, 6) y le visita con la cruz.
Verdadero heroísmo
El pecado original está en cada uno de nosotros. Es la estupidez innata que nos engaña toda nuestra vida. Tenemos que luchar contra ella. Por eso Jesús dice: «¡Niégate a ti mismo!». Renuncia a esa mentira dentro de ti que quiere hacerte daño, tomarte el pelo y arrastrarte a la autodestrucción y, finalmente, al infierno. Ese es nuestro orgullo. Si alguien señala nuestro error o nos dice que estamos orgullosos, nos sentimos mortalmente ofendidos. ¡Qué tontos somos! Debemos estar agradecidos a todos los que nos dicen: tú eres tal y tal. Incluso si alguien nos escupiera en la cara, deberíamos estar agradecidos: «Seguro, tal vez yo no entiendo todavía lo que me dices, pero yo soy consciente de mis pecados…». Si estamos humildes, el diablo huye. Caminemos en la verdad y nada temeremos.
¡Sé como Abraham!
Hay personas que tienen carisma para predicar. Sin embargo, si un predicador mismo carece del sólido fundamento espiritual de la unión con Cristo, su predicación puede animar a la gente al principio pero finalmente resulta ser mera superficialidad sin el Espíritu. No es capaz de cambiar los corazones de la gente. Pero si pones las verdades divinas en práctica y las encarnas en tu vida, tu palabra tiene poder. Entonces, cuando das testimonio, el Espíritu desciende sobre las personas sin que seas consciente de ello.
¡Sé el justo que vive por la fe! ¡Sé como Abraham, sé hombre que da el primer lugar a Dios! A causa de Abraham Dios dio su bendición a toda la generación.
El que se avergüence de Jesús y de sus palabras…
Jesús dice: «El que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles».
(Mc 8, 38)
El orgullo humano está en el corazón de cada uno de nosotros. Si alguien se mofa de nosotros, reaccionamos inmediatamente. Pero debemos aprender a decir: «Aunque todos se reían de mí, solo una cosa es importante para mí: ¿Cómo Dios me mira?». Esta es la única cosa necesaria. Tengo que detenerme en una situación particular y entrar en la presencia de Dios: «Señor, ¡que me difamen y escupan en mí! Hicieron lo mismo a Ti, te insultaban…». Nadie ha dicho jamás tales palabras sobre nosotros como la jerarquía religiosa dijo acerca de Jesús. Dijeron que Él estaba fuera de sí, poseído por un demonio y similares, y querían matarlo. Sigamos a Jesús, incluso si todos nos escuparan en la cara.
Jesús está en ti
Dios nos dio la libertad y esta libertad está en Jesús. Si nosotros lo recibimos y permitimos que Él sea el Señor de nuestra alma todos los días, saboreamos la verdadera libertad. Dios es todopoderoso y así es todo aquel que reza porque tiene a Jesús en su corazón. Si unes tu voluntad a la voluntad de Dios, el enemigo no tiene poder sobre ti y toda la montaña de demonios debe retirarse. Y si dices a la montaña con la fe: quítate y arrójate al mar, te obedecerá. Dios nos ha dado el poder. El que está en nosotros es más fuerte que el que está en el mundo. Jesús está en ti, pero tú debes ser consciente de ello. Únete a Él a través de la cruz —tu cruz—.
Reflexión sobre Hb 13, 5
«Sean vuestras costumbres sin amor al dinero,
contentos con lo que tenéis ahora; porque Dios mismo ha dicho:
“Nunca te abandonaré ni jamás te desampararé”»
Antes de estas palabras de la epístola a los Hebreos, el Apóstol escribe: «Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo. Sea el matrimonio honroso en todos, y el lecho matrimonial sin mancilla, porque a los inmorales y a los adúlteros los juzgará Dios». Luego sigue versículo 5: «Sean vuestras costumbres sin amor al dinero, contentos con lo que tenéis ahora; porque él mismo ha dicho: “Nunca te abandonaré ni jamás te desampararé”».
El Apóstol continúa: «Así que podemos decir confiadamente: El Señor es el que me ayuda; no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre? Acordaos de vuestros guías, que os hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos. No os dejéis llevar por doctrinas diversas y extrañas» (v. 3–9a).
Reflexión sobre Flp 1, 29
Porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo,
no solo creer en Él, sino también el de sufrir por Él.
Este versículo está precedido por las palabras del Apóstol: «Solamente comportaos de una manera digna del evangelio de Cristo, de modo que ya sea que vaya a veros, o que permanezca ausente, pueda oír que vosotros estáis firmes en un mismo espíritu, luchando unánimes por la fe del evangelio; de ninguna manera amedrentados por vuestros adversarios, lo cual es señal de perdición para ellos, pero de salvación para vosotros, y esto, de Dios» (v. 27-28). El Apóstol continúa: «Sostenéis la misma lucha que antes me visteis sostener, y que ahora sabéis que sigo sosteniendo». Y además el Apóstol escribe: «Si hay algún aliento en Cristo; si hay algún incentivo en el amor; si hay alguna comunión en el Espíritu; si hay algún afecto profundo y alguna compasión, completad mi gozo a fin de que penséis de la misma manera, teniendo el mismo amor, unánimes, pensando en una misma cosa. No hagáis nada por rivalidad ni por vanagloria, sino estimad humildemente a los demás como superiores a vosotros mismos» (2, 1-3).
Reflexión sobre Hb 10, 25
No dejemos de congregarnos, como algunos tienen por costumbre;
más bien, exhortémonos,
y con mayor razón cuando vemos que el día del Señor se acerca.
Este versículo va precedido de las palabras: «Mantengámonos firmes, sin dudar, en la esperanza de la fe que profesamos, porque Dios cumplirá la promesa que nos ha hecho. Busquemos la manera de ayudarnos unos a otros a tener más amor y a hacer el bien». Los grupos que se reunían en la época en que el Apóstol escribía esta carta eran probablemente tan pequeños como el nuestro. Sin embargo, estas palabras se aplicaban y se aplican sobre todo a los pequeños grupos de oración, que llevaban la carga de la Iglesia y clamaban, como hoy, a Dios pidiendo luz, fuerza y salvación.
Percibimos que la exigencia bíblica de la koinonía, la formación de la comunión fraterna, es muy pertinente hoy en día. Un grupo de hombres cristianos se reúne para orar y pedir a Dios por sí mismos y por las almas que les han sido confiadas.
Reflexión sobre Hb 12, 1
«Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos,
despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve,
y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante»
Este versículo de las Escrituras está precedido por un ejemplo de toda una multitud de testigos mencionados a lo largo del capítulo 11. Y este capítulo termina así: «Y todos éstos, aunque recibieron buen testimonio por la fe, no recibieron el cumplimiento de la promesa, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros; porque Dios había provisto algo mejor para nosotros».
Luego sigue el versículo que vamos a recitar durante dos semanas. Comienza con las palabras: «Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos…», y continúa: «… despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante». El siguiente versículo es continuación del anterior: «…puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…». Y leemos más adelante: «… quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios.
El camino hacia la vida nueva es a través de la muerte del viejo hombre
Nuestra cruz es verdaderamente el mayor regalo de Dios; está destinado a despojarnos completamente del viejo hombre, del más mínimo apego a cualquier cosa, y a revestirnos de pensamientos sobre lo esencial: la muerte, el cielo, el infierno y Jesús abandonado, humillado y crucificado.
Siempre que Dios quiere dar nueva vida ―resurrección― el camino hacia la vida nueva es a través de la muerte del viejo hombre. ¡No hay otro camino que negarse a uno mismo, tomar la cruz y seguir a Jesús, y luego morir espiritualmente a uno mismo, al pecado y al mundo! Que Dios, a través de varias pequeñas cosas, nos lleve a esta muerte con María y por María.
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