La noche en que Cristo resucitó
Es de noche. Jesús está en el sepulcro. Los soldados custodian el sepulcro. ¿Dónde está la Santísima Madre de Dios esta noche? ¿Cómo pasa ella esta noche? ¿Dónde están los apóstoles? ¿Cuál es su estado de ánimo? ¿Qué sienten? Horror y miedo. ¿Y qué hay de las mujeres que habían seguido a Jesús? ¿Qué pasa con los soldados, enemigos? ¿Cuál es la atmósfera espiritual en Jerusalén? Cristo está en el sepulcro. Los enemigos vitorean…
¡Pero, este no es el final! ¡JESUS RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS! No sabemos exactamente cuándo, las Escrituras no dicen si fue a medianoche o a la una o las dos de la madrugada. No importa cuándo sucedió exactamente. Toda la noche es santa. Después de la muerte de Jesús, Su espíritu descendió de las manos del Padre al lugar llamado sheol, o hades, y quebrantó sus puertas. Luego Su espíritu regresa al cuerpo. Su cuerpo no solo es resucitado, sino también transfigurado. Significa que el cuerpo de Cristo es glorificado. Jesús sale del sepulcro. Atraviesa los muros de piedra. Los soldados siguen vigilando el sepulcro pero ya está vacío. Por la mañana, un ángel quita la piedra que tapaba la entrada del sepulcro pero Cristo no sale. El ángel simplemente revela que Jesús no está allí. La tumba está vacía, Jesús salió de ella. ¿Dónde en Jerusalén está Su espíritu y Su cuerpo glorioso esta noche? La tradición dice que se apareció primero a la Santísima Virgen.
Muerte en Adán, vida en Cristo
«Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron. Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos» (1 Co 15, 20-21). Está escrito: «El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente». Pero, al quebrantar el mandamiento, pecó y se convirtió en un alma muerta. Perdió la vida divina. Todos sus descendientes nacen como almas muertas, privadas de la vida divina. «El postrer Adán ―Jesús― fue hecho Espíritu vivificante». Esta es la única solución para un alma muerta: recibir al Espíritu vivificante. ¿Cómo? Mediante el arrepentimiento. Significa oponerse al sistema de mentiras y orgullo que domina la razón y aceptar las realidades y verdades fundamentales relativas a la vida terrenal y eterna: la realidad de la muerte, la realidad del pecado personal, la realidad del juicio de Dios y, en consecuencia, la del justo castigo eterno. Otra realidad es reconocer a Dios como Creador de todo el universo y de todos los seres vivos de la tierra. Recibir el amor de Dios, que es en Cristo. Él pagó el precio de nuestros pecados. Él nos limpia del pecado y nos da la nueva vida. Recibir a Cristo y recibir su Espíritu es la condición para nuestra salvación, porque squien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él....
El sentido de la vida y el sufrimiento
Recordemos siempre las palabras de Jesús que nos dice que no sabemos ni el día ni la hora en que el Señor nos llamará. La verdadera sabiduría es tener en cuenta la muerte, el juicio, la eternidad y el sentido de nuestra vida y sufrimiento, que puede ser físico o espiritual. En primer lugar, Jesús quiere que nos neguemos a nosotros mismos, nuestro orgullo, la mentira o nuestro punto de vista y que aceptemos el punto de vista de Dios. Y si podemos sufrir por causa de Cristo, si estamos humillados, ridiculizados o incluso si la gente nos escupe en la cara, debemos alegrarnos. En la octava bienaventuranza leemos: “Bienaventurados sois cuando os vituperan y os persigan, y dicen toda clase de mal contra vosotros por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos” (Mt 5, 11-12). Pero a menudo nos sentimos deprimidos o somos inmersos en nuestros pensamientos o monólogo interior. Cuando surge un problema, lo primero es: ¿Dónde está Jesús?
Dos alas de águila grande – ¡ORACIÓN Y AYUNO!
La Palabra de Dios dice: «Y cuando el dragón se vio precipitado en la tierra, se dio a perseguir a la mujer que había parido al Hijo varón. Pero fueron dadas a la mujer dos alas de águila grande, para que volase al desierto, a su lugar…» (Apocalipsis 12, 13-14).
Así como Moisés, enviado por Dios, sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto y lo llevó al desierto, así también hoy Dios envía a la Reina de los Profetas para guiarnos en nuestro camino por el desierto espiritual. Ella conoce el camino, lo recorrió antes que nosotros.
Dios nos ha dado «dos alas de águila grande»: oración y ayuno. Estas son las alas que tienen el poder de elevarnos por el camino de la santidad. Las vidas de los santos dan testimonio de ello. Sin ellas, no saldremos de Egipto, es decir, de la esclavitud del espíritu de este mundo. Éstos son los medios para salir de Egipto al desierto, al camino de la purificación, que debe seguir a la conversión.
El juicio de Dios
Imagínate que hayas cometido un delito y te hayan llevado ante los tribunales. Hay un fiscal, jueces y policías uniformados. Estás en el banquillo de los acusados, esperando la sentencia. Si dijeras: «Les pido absolución», todos se reirían de ti. ¿Absolución? Estás esperando una sentencia, no una absolución.
Y ahora imagina una imagen distinta. Una vez que estemos ante el tribunal de Dios, el juez principal será Dios. Jesucristo será nuestro Abogado. Las huestes invisibles de ángeles estarán presentes. Satanás, nuestro acusador, nos acusará y exigirá justicia. Si recibimos a Cristo, le entregamos nuestros pecados y vivimos por fe ―en otras palabras, cada vez que pecamos volvimos a Él y le entregamos nuestros pecados una y otra vez para ser limpiados por el poder de Su sangre según la palabra «Si andamos en la luz, la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado…»― entonces, si el diablo nos acusa, Jesús dirá: «Puedes acusarlo tanto como quieras. Da pruebas o argumentos… No hay ninguno».
Jesús espera nuestra fe
Necesitamos con urgencia personas que recen, sufran y lo sacrifiquen todo. Todo esto es amor, ¿y qué podría ser más útil en esta corta vida, en la que no solo se decide nuestra propia eternidad, sino también la de los demás? A través de la fe y el sacrificio, podemos salvar almas inmortales. Es maravilloso que Jesús espere nuestra fe, mediante la cual quiere darnos gracia no solo a nosotros, sino también a los demás, a quienes podemos influir con nuestra fe y oraciones para que se conviertan, se abran a Dios y decidan seguirle.
El ABC del Evangelio
Cuánto nos han engañado los diferentes puntos de vista de las Escrituras. Nos hemos olvidado de vivir las Escrituras. Las Escrituras son una guía para la vida. Por lo tanto, debemos comenzar a aprender lenta y seriamente el abc de las Escrituras: p. ej. Jesús dice: «Si tu hermano tiene algo contra ti, ve y reconcíliate con tu hermano». En otras palabras, p. ej. tu hermano descarga su ira y te reprende injustamente y ahora hay una situación tensa. Posteriormente se da cuenta de su culpa y le invade la tristeza. No sabe qué hacer, cómo disculparse y la tensión aumenta. Un viejo proverbio dice: «El silencio es oro», pero en este caso el silencio es un infierno: la atmósfera se vuelve cada vez más tensa y afecta también a las personas que nos rodean. Caras sombrías en ambos lados y la autocompasión funciona a toda velocidad. El diablo y el viejo hombre aportan miles de argumentos contra el hermano y presentan su comportamiento como un crimen supremo. ¿Qué hacer? ¿Quién debería dar el primer paso, o mejor dicho, quién está obligado a darlo? Según el Evangelio, quien ha sido agraviado está obligado a dar el primer paso. Te han hecho daño y, además, tu hermano tiene algo contra ti.
La palabra de Dios es para vivirla, no para filosofar sobre ella
No podemos hacer nada más por miles de almas sedientas, buscadoras e indefensas que decidirnos una y otra vez a entregarnos con mansedumbre y humildad a Nuestro Señor Jesucristo, para que podamos tener Su Espíritu. Sin embargo, lo que vemos en la historia de la filosofía es algo totalmente opuesto. Los fundadores de varias corrientes filosóficas, obsesionados con un pensamiento falso, crecieron sutilmente en orgullo y este crecimiento suyo abrió el poder del espíritu, pero no del Espíritu de Cristo. A diferencia de ellos, debemos permitir que el Espíritu de Dios actúe con poder. ¡Nuestra lucha oculta e invisible es una lucha por la salvación de miles de almas inmortales! Es la fe que vence al mundo. ¡Tenemos que permanecer fieles a Jesús y a Su palabra, el Evangelio! ¡Hay que vivir Su palabra, no filosofar sobre ella! ¡Tenemos que poner en práctica la palabra de Dios! ¡Ojalá vivamos todos los días de nuestra vida con Cristo, para que Jesús esté realmente en medio de nosotros y sea verdad que si dos de nosotros nos ponemos de acuerdo sobre cualquier cosa que pidamos, Él nos la dará! Jesús quiere que tengamos esta unidad, y para tenerla cada uno de nosotros tiene que ir a la cruz, morir a sí mismo, entrar en la muerte de Cristo.
Da gracias en la impotencia y mantente firme en una fe viva
Debemos aprender a aceptar la impotencia, dar gracias inmediatamente por todo y usar la palabra de Dios como espada del Espíritu contra las amarguras y las quejas, es decir, apoyarnos en ella. La palabra de Dios, el Espíritu detrás de ella, nos dará la fuerza. Solo necesitamos detenernos, darnos cuenta de la situación en la que nos encontramos y permanecer en una fe viva: «¡Señor, Tú lo ves! ¡Confío en Ti!». Y luego trata de mantenerte firme en esa fe y vuelve a ella cada vez que todo tipo de presiones invisibles y astutas o pensamientos aparentemente inocentes o buenos busquen desviarte de nuestra unión con Cristo.
Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos…
Si no perdono, tampoco seré perdonado. ¡Pero cuidado! Cuando pienso en mis ofensas hacia los demás, en que no rezo por ellos, en que soy indiferente a su salvación, en que no les doy buen ejemplo, en que digo palabras vanas o airadas, etc., debería pedirles perdón en mi espíritu, o, a veces, incluso con palabras. Me siento culpable hacia la otra persona, y cuando me doy cuenta de que ella también me ha hecho daño, es como un triunfo para mí: tengo una oportunidad. ¡¡¡Algo a cambio de algo!!! Si soy capaz de perdonar, me atribuyo el mérito y, en cierto sentido, triunfo sobre mi prójimo. Entonces puedo decir con sinceridad: «Padre nuestro, perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…». Perdónanos a los dos, a mí y a quien me ha hecho daño. Y ahora perdono, y es como si perdonara también a quienes le han hecho daño a él, y entonces el Señor escucha esa sincera oración del Padrenuestro.
Únete a Jesús crucificado
La vida es corta. Un antiguo proverbio dice: «Dios hace sufrir a quienes ama». Unamos nuestras cruces, nuestras aflicciones, por ejemplo, el sufrimiento físico o las enfermedades… con el sufrimiento de Cristo. Si estás sano, dale gracias a Dios por eso. Pero entonces debes percatarte aún más de la cruz espiritual: la injusticia causada por el sistema del mundo y el pecado, la miseria espiritual y la ceguera que reinan en el mundo, las blasfemias contra Dios, y el hecho de que Jesús es despreciado y no amado. Necesitamos verlo y clamar a Dios en oración. Y si nos unimos a Jesús crucificado a diario, el Señor nos introduce cada vez más profundamente en el misterio de la cruz de Cristo.
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