La pureza es fruto de la gracia de Dios concedida a los humildes
La Santísima Virgen María es un modelo de humildad. Ella dijo: «¡He aquí la esclava del Señor!». «Él ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava». Pongamos nuestros ojos en ella y seamos como ella. ¡Ella es nuestra Madre!
En cuanto a la pureza, recordemos que es fruto de la gracia de Dios concedida a los humildes. La pureza debe estar enraizada en la humildad, es decir, en la entrega total a Dios, o en el amor abnegado y desinteresado. Sin humildad, no tendremos amor a Dios ni al prójimo, ni pureza ni ninguna otra virtud. San Basilio escribe en una de sus cartas: «Aunque sobresalgas en la oración, la abnegación, el sacrificio extraordinario y cosas por el estilo, ¡todo quedaría en nada sin la humildad!». Así que esforcémonos por ocupar el último lugar. Si se burlan de nosotros, nos sospechan injustamente, nos menosprecian, nos calumnian o nos consideran inútiles, dañinos o peligrosos por causa de Jesús, aceptemos esta injusticia con fe. Entreguémoslo todo a Jesús y démosle gracias por ello.
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