“¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!
Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios,
pero con la carne, a la ley del pecado.”
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“Pues según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;
pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente,
y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.”
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“Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien,
porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.
No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.
Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo,
sino el pecado que está en mí.”
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“Su boca está llena de maldición y de amargura.
Sus pies se apresuran para derramar sangre;
destrucción y miseria hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz.
No hay temor de Dios delante de sus ojos.
Pero sabemos que todo lo que la Ley dice, lo dice a los que están bajo la Ley,
para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios.”
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“El que guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él.
Y en esto sabemos que él permanece en nosotros,
por el Espíritu que nos ha dado.”
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“Y cualquiera cosa que pidamos la recibiremos de él,
porque guardamos sus mandamientos
y hacemos las cosas que son agradables delante de él.”
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Vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados;
solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne,
sino servíos por amor los unos a los otros,
porque toda la Ley en esta sola palabra se cumple:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
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¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre,
cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?
¿ No ves que la fe actuó juntamente con sus obras
y que la fe se perfeccionó por las obras?
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Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu
y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí,
para que no hagáis lo que quisierais.
Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la Ley.
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«Si, pues, nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados;
pero siendo juzgados, somos castigados por el Señor
para que no seamos condenados con el mundo.»
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«Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la Ley es buena.
De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que está en mí.»
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