¡Señor, danos Tu palabra!
El mundo entero está sufriendo una crisis de fe; somos testigos de la apostasía masiva del cristianismo. Gracias a Dios que podemos luchar por la pureza de la fe. Dios nos ha puesto en esta lucha. No estamos luchando sólo por Ucrania; Dios nos ha puesto en un campo de batalla para luchar por toda la Iglesia. Viendo cuán grande es este problema, decimos en la oración: — Oh Dios, ¿qué debemos hacer? No estamos en una posición como David contra Goliat, sino más bien como si estuviésemos con una honda contra una bomba atómica. No tenemos ninguna posibilidad. Pero confiamos en que Tú eres Todopoderoso, que vencerás en esta lucha y que llegará la resurrección espiritual. ¿Y cómo? Estamos en la oscuridad: nos enfrentamos a un problema y no vemos ninguna solución.
Jesús está conmigo hoy y siempre
Un sacerdote de Estados Unidos comenzó a tener tentaciones contra la fe; le parecía que Dios no sabía de él porque no intervenía en su vida. El Señor le dio una lección. El sacerdote decidió irse de vacaciones, pero no le dijo a nadie dónde iba. Mientras pernoctaba en un motel, el recepcionista lo llamó al teléfono. Al otro lado del teléfono había una mujer que quería suicidarse. Creía haber llamado a la rectoral porque había anotado su número de un programa sobre Jesucristo que él había presentado en televisión, y ahora se le ocurrió marcarlo. No sabía que había llamado al motel donde él se alojaba.
La mujer se salvó, y el sacerdote comprendió que no podía esconderse de Dios; Él lo sabía todo sobre él. Eso fue un gran estímulo para él.
Tened sal en vosotros mismos
La generación más joven anhela un gran ideal. No hay mayor ideal que seguir radicalmente a Jesús. Jesús dice: «Todos serán salados con fuego. La sal es buena; pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros mismos y estad en paz los unos con los otros» (Mc 9,49-50). Por lo tanto, debemos ser perseverantes en el seguimiento radical de Jesús. Debemos tener sal —el fuego del fervor— dentro de nosotros. Al mismo tiempo, nuestro viejo hombre debe ser crucificado en nuestra vida cotidiana; en otras palabras, debemos perder «lo nuestro» por amor a Jesús. De lo contrario, ¡no estaremos en paz los unos con los otros! La santidad consiste en caminar con firmeza en la fe a lo largo de la vida. Cada día debemos vivir el ardor del Evangelio, sin dejar nunca de ser sal, sin conformarnos jamás al espíritu del mundo, que intenta alejarnos de Jesús por medio de nimiedades.
La necesaria ley del grano de trigo
Al igual que en el caso de Abraham, toda obra de Dios debe tener en su origen la obediencia de la fe hasta la muerte. Esta es la ley del grano de trigo. El diablo nos atacará con depresión, presión, tristeza, tensión o una apatía indefinible, pero no hay razón para tomar estos sentimientos en serio y permanecer en ese estado. Esa es la riqueza de la vanidad. Debemos orar con fe. Solo Dios sabe cómo resolverá el asunto. Él quiere de nosotros una fe absoluta en Su omnipotencia y una entrega total. Lo que Él hará con ello lo veremos más adelante o en la eternidad. La muerte de un grano de trigo siempre da múltiples frutos.
De la unión verdadera brota la vida de Cristo resucitado
El viejo hombre está gobernado por principios precisos que son muy sutiles. Se reconocen y desenmascaran mejor en nosotros mismos, pero aún más intensamente cuando dos o tres se esfuerzan verdaderamente por hacer morir al viejo hombre en la cruz, para que podamos decir: «Con Él hemos muerto, y con Él hemos sido sepultados». Y luego también es verdad que «hemos resucitado con Él». No se trata de muerte física, entierro físico o resurrección física. Es una cuestión de fe y de la vida de fe, especialmente los pasos básicos que debemos seguir diariamente una y otra vez: 1) niégate a ti mismo, 2) toma tu cruz diaria. A veces, esta cruz es la misma durante un cierto período de tiempo. A veces toma una variedad de formas durante el día. Se trata principalmente de renunciar a nuestros puntos de vista, opiniones o hábitos, incluso en asuntos pequeños, ¡y esto duele!
Nuestra gran tarea: aportar una gota de nuestra fe
Solo Dios puede resucitar a la nación. ¡Pero Él quiere que cada uno de nosotros aporte una gota de nuestra fe! Esta es nuestra gran tarea que debemos aceptar en la fe. Dios cuenta con cada uno de nosotros y quiere que nosotros confiemos en Él. Por eso esta batalla espiritual por la resurrección necesita de personas orantes, unidas y adheridas a las claras enseñanzas del Evangelio, enraizadas en la tradición de la Iglesia y de los santos. Esta batalla requiere bogar mar adentro. Esto significa vivir el Evangelio por fe.
La parábola de los dos deudores
En uno de los evangelios, Jesús cuenta la parábola de dos deudores: uno debía diez mil talentos y el otro cien denarios. Perdonas algo pequeño y el Señor te perdona una deuda millonaria. ¡Qué locura es saber esto y no actuar en consecuencia! Tenemos que ponerlo en práctica todos los días. Al perdonar a los demás con fervor y caminar en la verdad y la luz, nos sanamos y nos liberamos de todo tipo de emociones sombrías o sentimientos de culpa, tanto indefinibles como definibles. Estas emociones son falsas. Preguntémonos: ¿dónde está Jesús en todo esto? ¿Y dónde estoy yo? ¿Estoy en mí mismo o en Cristo si me vienen esos pensamientos? Si estoy en Cristo, la palabra de Dios es mi guía, interpretada en Espíritu y en verdad, no como la interpretó el espíritu maligno cuando citó la palabra de Dios a Cristo en el desierto.
¡Estáte preparado!
Jesús dice: “Estad preparados, porque no sabéis ni el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir”. Esta es la mayor sabiduría: estar preparado para la muerte. En efecto, no sabemos si algo malo va a pasar; podemos desarrollar cáncer o tener un accidente de coche y partir a la eternidad. No sabemos ni el día ni la hora. No sabemos cuándo nos encontraremos con nuestro Señor cara a cara. Pero debemos ser conscientes de ello. Sabemos que ese día vendrá. No debemos retrasar nuestra conversión. Debemos empezar hoy, como dice la Palabra de Dios: “Si oís hoy Su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Retrasar el arrepentimiento hasta la muerte es una tontería. Ciertamente, ha habido algunas personas que se convirtieron en la hora de la muerte, pero esto es una excepción. ¡Confiar en esto es un riesgo! ¡Perder la vida eterna es algo terrible!
Los cristianos dicen que creen que un día comparecerán ante el tribunal de Dios, pero viven como si el juicio, el cielo y el infierno fuera un simple mito.
«…pero vosotros me veréis».
Jesús dice a los apóstoles: «… pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis» (Jn 14, 19). ¿Verán los apóstoles a Cristo? Sí, lo verán resucitado al tercer día después de Su muerte, y luego se les aparecerá durante cuarenta días. Y también lo verán en la luz de la gloria en el momento de su muerte física, cuando lo verán tal como Él es. ¡Lo verán! El primero de los apóstoles en verlo así fue uno de los hermanos por quienes su madre había intercedido para que se sentaran uno a la derecha y el otro a la izquierda de Cristo. Entonces Jesús les preguntó: «¿Podéis beber la copa que yo bebo?» Santiago y su hermano Juan le dijeron: «Podemos». Jesús les dijo: «La copa que yo bebo, beberéis». Y sí la bebieron. El primero en beber la copa del sufrimiento fue Juan, quien fue el único de los apóstoles que experimentó la unión con la muerte de Cristo al estar dispuesto a morir, y por eso permaneció fielmente al pie de la cruz. Su hermano Santiago fue el primero de los apóstoles en entregar su vida por Cristo como mártir. Fue decapitado a espada.
«Él justifica al que vive de la fe en Jesús». Romanos 3, 26
La Palabra de Dios enfatiza: al que vive de la fe en Jesús. Esta es la condición. Seguramente, Jesús murió por todas las personas y nosotros estamos obligados a predicarles el evangelio, la salvación. Sin Él nadie puede salvarse. Pero hoy en día se predica un evangelio diferente: dejar a los paganos que moren en la oscuridad y que perezcan en la oscuridad. Ciertamente, algunos de ellos se salvarán, pero quizás solo aquellos que no están bajo el dominio de los sistemas religiosos paganos, o aquellos que al menos no se han abierto a ellos. Abraham también era pagano, pero tenía conciencia. Los paganos también tienen conciencia y Cristo murió por ellos también. Pero, ¿cómo pueden alcanzar la salvación si nadie puede salvarse sin Cristo? Si viven una vida justa, Dios les dará la oportunidad de creer en Cristo al menos en la hora de la muerte. Lo recibirán o Lo rechazarán. Del mismo modo, también nosotros o recibiremos a Jesús en la hora de la muerte por última vez o Lo rechazaremos. Por eso dice el Apóstol que debemos estar arraigados en Él, cimentados en Él, para que en la hora de la muerte desechemos toda duda, todo pensamiento intruso, toda vanidad. Es una lucha dura. Lo entenderás cuando te dediques una hora a la oración interior, cuando quieras velar una hora con Cristo.
Vivir las verdades fundamentales del Padrenuestro
Vivamos con fe las verdades fundamentales del Padrenuestro, incluyendo también «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo…», «venga a nosotros tu reino…», «santificado sea tu nombre…». El Padrenuestro nos ofrece un camino. No basta con rezar el Padrenuestro; estas son las pautas que debemos poner en práctica poco a poco en nuestra vida.
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