La condición para recibir el Espíritu Santo es creer en Jesús
Escuchamos en el Evangelio que Jesús exclamó en alta voz, diciendo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura: “De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva”». Jesús se refería al Espíritu que recibirían aquellos que creyeran en Él. Notemos las palabras: «… que recibirían aquellos que creyeran en Él». Así que la condición para recibir el Espíritu Santo es creer en Jesús.
«El que cree en mí, de lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva».
La Palabra de Dios usa la palabra creer dos veces: el que cree y aquellos que creen. Confirma así doblemente que la condición para recibir el Espíritu Santo es creer en Jesús: «El que cree en mí…». La condición es creer en Él y en Su Palabra que Él nos ha dado. Jesús nos ha dado su Palabra en el Evangelio y nos llama a recibirlo a Él y a Su programa. Su Palabra no es una mera letra sino que el Espíritu de Dios habla a través de ella. La Escritura dice que la palabra de Dios es más cortante que cualquier espada de dos filos, y lo mismo puede decirse del Espíritu Santo. San Pablo, cuando habla de la armadura de Dios, menciona la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Es un arma tanto de defensa como de ataque. Nos ha sido dada para luchar contra el espíritu del mundo.
La resurrección espiritual de cada uno de nosotros individualmente, así como de Ucrania y de la Iglesia, requiere que cada día, una y otra vez, recibamos íntegramente a Cristo como nuestro Salvador y Señor, y pidamos la efusión del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros. Nos hace falta poner este programa en práctica cada día y en cada situación. No basta con haber recibido a Jesús como nuestro Salvador o habernos abierto al Espíritu Santo una sola vez en la vida. Es necesario repetir el acto de fe y volver a él una y otra vez, caminar en la verdad. Debemos recibir el Espíritu Santo en situaciones particulares para saber qué y cómo hablar: “«El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir». También nos dará fuerza en tiempo de persecución.
El día de Su ascensión, Jesús dijo a los apóstoles: «Cuando el Espíritu Santo haya venido sobre vosotros, me seréis testigos». Así que necesitamos el poder del Espíritu Santo para ser testigos de Jesús. Y testigo significa mártir. No ha habido miles sino millones de mártires en todo el mundo. Alrededor de 50 millones de mártires han entregado su vida por Cristo en todo el mundo durante los últimos 100 años. Los tiempos que vivimos son los tiempos del Anticristo; los tiempos en los que el espíritu de la mentira destruye el cristianismo tanto desde dentro como desde fuera. Podemos ver una apostasía masiva del cristianismo en Estados Unidos, Europa, hasta Australia. Es el fruto de la maldición por aceptar herejías, el espíritu del paganismo y el espíritu de la Nueva Era. La gente recurre a diversas psicologías o filosofías, sólo para evitar el arrepentimiento. Sin embargo, el arrepentimiento es la condición esencial para recibir el Espíritu Santo. Arrepentirse significa entrar en la verdad, tomar conciencia de nuestros pecados ante nosotros mismos y ante Dios, y volvernos a Jesucristo, volver la mirada a Su cruz con fe.
La Iglesia sin el Espíritu Santo es como una locomotora eléctrica sin fuente de alimentación. Asimismo, la estructura de la Iglesia no puede funcionar sin el Espíritu de Dios. Cuando el profeta Ezequiel profetizó, los huesos secos se juntaron pero no cobraron vida hasta que el Espíritu de Dios entró en ellos, y entonces se pusieron en pie, un ejército sumamente grande. Es el Espíritu quien da vida. Sin Él no hay vida. Nosotros podemos trabajar y preparar el terreno para un avivamiento espiritual pero no podemos dar vida. Por eso tenemos que pedirle al Espíritu Santo que venga: «¡Ven, Espíritu Santo, y sopla sobre estos muertos, para que vivan!». ¡Que el Espíritu Santo descienda sobre toda Ucrania y la resucite! El Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros. Y también puede resucitar todo el territorio. Por eso debemos pedir con fe: «¡Ven, Espíritu Santo, y sopla sobre estos muertos, para que vivan!».
Pidamos con fe al Espíritu Santo que descienda sobre nosotros en plenitud como sobre los apóstoles. El capítulo 37 del libro del profeta Ezequiel hace hincapié en la responsabilidad de la nación, del valle de los huesos secos. Nuestra tarea también es orar por un milagro de Dios ―por la resurrección espiritual― a través de la palabra profética pronunciada con autoridad. Oremos para que los huesos secos se junten y produzcan ruido, para que la Iglesia cobre la vida, para que el Espíritu de Dios venga en plenitud y convierta este cementerio en un gran ejército de guerreros de Dios. «¿Cómo será esto?». El arcángel Gabriel dijo a la Santísima Virgen: «¡El Espíritu Santo lo hará!». Y ella respondió: «¡He aquí a la sierva del Señor! Hágase conmigo conforme a tu palabra». Amén.
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