Cuaresma: tiempo de pruebas
A veces, el período de Cuaresma es un tiempo similar al tiempo que Jesús pasó en el desierto. Él oró y ayunó y fue tentado por el diablo. Afrontando varias pruebas también estamos expuestos a los ataques del enemigo de Dios. El enemigo actúa a través de las mentiras. Él trata de instigar el odio hacia nuestros familiares y amigos más cercanos y, en última instancia, incluso hacia Jesús y el Padre Celestial. Él nos ataca con todo tipo de pensamientos blasfemos y trata de echar la culpa del mal que causó él mismo a Dios. Dios dotó al hombre con libre albedrío y lo respeta. El mal o es causado por el enemigo de Dios o puede ser causado por nosotros mismos cuando somos engañados por nuestros sentimientos, razón, pasiones o el orgullo. Dios hace que este mal coopere para bien si nos humillamos ante Él y andamos en la verdad, la humildad, la disciplina y el amor, si sobrellevamos los unos las cargas de los otros y mostramos misericordia a aquellos que nos hacen daño o consciente o inconscientemente. Dios es AMOR. Él dio a su Hijo por nosotros (Jn 3, 16), y en Él tenemos la vida eterna. “Porque el Señor disciplina al que ama” (Heb 12, 6) y le visita con la cruz. Esta cruz es sobre todo espiritual por naturaleza: diversos malentendidos, la oscuridad que nos impide ver la salida, la ansiedad, los miedos, la incertidumbre, la conciencia de nuestra propia pecaminosidad, etc. Varias enfermedades son una cruz también. ¡Es necesario que llevemos nuestra cruz con paciencia, que fijemos nuestra mirada en Jesús y dejemos que nuestro sufrimiento nos acerque a Él y no nos aleje de Él!
Cada día pensemos en el amor de Dios, seamos conscientes de que Dios mantiene Su mirada sobre nosotros, que Él nos acepta y ama tal como somos. Ciertamente, Él se complace en ver hijos obedientes que siguen Sus consejos y leyes. Pero Él sabe muy bien que cada día nuestros pecados nos ensucian y nos entristecen, lo que proviene de nuestro amor propio, los celos, la autocompasión, etc. Él sabe que tan luego como tomamos una buena resolución, olvidamos de ella, o carecemos de la fuerza o el coraje para negarnos a nosotros mismos; o logramos negarnos a nosotros mismos, pero luego hay una explosión de nuevo y es peor que antes. Dios nos conoce, conoce el pecado original —nuestro viejo hombre— y, sin embargo, Su amor por nosotros nunca disminuye. Cada día Él espera pacientemente nuestro regreso, como el Señor Jesús nos reveló en la parábola del hijo pródigo. Nosotros pecamos todos los días siendo infieles o engañados por nuestra voluntad propia, y es por eso por lo que cada día debemos volver a los brazos abiertos del Padre Celestial. Él dio a Su Hijo por nosotros. Por lo tanto, entre vuestras oraciones, sacrificios y ayunos en el período de Cuaresma no os olvidéis que Dios es amor.
Todas las pruebas (empezando por las necesidades materiales y terminando con la mayoría de los ataques más secretos a cada individuo o toda la familia), a las que os enfrentáis en la fe y en unión con Jesús, son muy preciosas a los ojos de Dios. Que cada uno de vosotros pueda decir junto con el Apóstol: “Ahora me gozo en lo que padezco … y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su Cuerpo, que es la iglesia”. (Col 1, 24)
Pasamos por etapas de nuestra vida que podríamos llamar Getsemaní o Calvario. A veces, los ataques se están concentrando desde todos los lados, pero hay que perseverar en la fe pura y entrega total como la Madre de Jesús y Madre nuestra junto a la cruz. En la hora de la oscuridad y en el tiempo de la prueba estemos junto a la cruz y creamos en el poder de Dios. Ojalá seáis sepultados en la muerte de Jesús en este tiempo cuaresmal de modo que no quede nada —ningún deseo o cualquier otra cosa suya—, y la nueva vida de Cristo, la vida en dependencia del Padre, sea vuestra nuevo programa. ¡Que Jesús crucificado y resucitado os lo conceda!
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