El misterio de nuestra resurrección con Cristo
La Palabra de Dios dice que fuimos resucitados juntamente con Cristo. Es un cierto misterio para nosotros. Jesús resucitó hace dos mil años en Jerusalén. Yo no estoy en Jerusalén, sino en otro lugar y en otro tiempo. No estaba en el sepulcro con Jesús para ser resucitado con Él; ni siquiera había nacido todavía. Entonces, ¿qué significa que «fuimos resucitados juntamente con él»? Pensemos en lo que sucedió en la resurrección de Cristo: el cuerpo muerto de Cristo, que yacía en el sepulcro, no solo fue resucitado, sino también transformado. Cristo resucitó de entre los muertos con un cuerpo glorificado. Pasó a través de la tumba de piedra a pesar de una gran piedra rodada frente a la entrada de la tumba. Después de esto, se apareció a los apóstoles en diferentes lugares durante cuarenta días. A través de la resurrección, vida nueva entró en el cuerpo físico de Jesús y Su cuerpo fue glorificado.
El misterio de la resurrección de Cristo tiene una doble dimensión. Dimensión física significa que Cristo resucitó de entre los muertos real e históricamente, el sepulcro está vacío, Él verdaderamente ha resucitado, nadie se llevó su cuerpo. Y luego está también la dimensión espiritual: la transformación del cuerpo de Cristo, la interferencia con la naturaleza física de Cristo, es decir, la naturaleza humana que Él asumió. Compartimos el mismo código genético con Adán: tenemos dos manos, dos pies, dos ojos, etc. Es similar en términos espirituales: Cristo es el segundo Adán, y recibimos Su vida, la vida eterna, que nos ha sido dada.
Dios creó a Adán. Pero luego vino el primer pecado. Nacemos en este mundo con este pecado. Por eso Dios dio a Su Hijo. Jesús se hizo hombre, se encarnó, asumió nuestra naturaleza humana, murió en la cruz como hombre y como Hijo de Dios, y nos redimió. Él tomó sobre sí el pecado, pagó el precio justo por él y resucitó al tercer día, dándonos una nueva vida.
Y en cuanto a la cuestión del tiempo: Cuando Cristo resucitó de entre los muertos, fue un momento histórico concreto, una fecha concreta cuando se hizo realidad. Por otra parte, sin embargo, al resucitar Jesús de entre los muertos trascendió el tiempo. Él está más allá del tiempo. Él está en la eternidad. En la eternidad no existe el tiempo. Y ahora llegamos al misterio del «juntamente con Él». Yo existo en el tiempo, pero al ser bautizado, he sido sumergido en la muerte de Cristo y se me ha dado la vida nueva de Cristo resucitado. Cuando pongo en práctica estas verdades por fe, las vivo AHORA y JUNTAMENTE CON Cristo. La fe me conecta con realidades que están más allá del tiempo y del espacio. La fe no tiene tiempo ni espacio. Significa que ahora me conecto por fe a lo que Cristo hizo hace 2000 años. Ahora puedo conectarme a Su muerte, al momento de Su muerte; ahora puedo conectarme por fe con lo que Él ganó para mí, a Su nueva vida. El único problema que queda es permitir que Cristo viva en nosotros, permitirle obrar a través de nuestra fe y así ser transformados en Él. Por eso debemos caminar en el Espíritu. Eso significa que hemos de vivir por fe y volver una y otra vez a las verdades fundamentales, a saber, la muerte de Cristo y Su nueva vida. Significa que siempre que seamos tentados a pecar (obstinación, orgullo, sentimientos heridos) debemos entrar en la muerte de Cristo, renunciar a nosotros mismos y unirnos a Jesús. Al hacerlo, recibimos inmediatamente una vida nueva, que se renueva en nosotros una y otra vez. En el momento en que entramos en la muerte, la nueva vida inmediatamente comienza a funcionar, a latir, a activarse. Tenemos que hacerla activa por la fe, y por eso Dios nos ha dado el Espíritu Santo para que nos ayude. También nos ha dado un corazón nuevo, la Virgen Santísima, la mujer nueva como madre nuestra. Cuando recibimos espiritualmente a María, entonces a través de María y el Espíritu Santo la vida de Dios crece en nosotros y nos arraigamos en Cristo. Por ella Cristo vino al mundo y por ella también viene a nosotros, se encarna en nosotros y nosotros somos transformados en Cristo. Por eso Jesús nos la ha dado como madre nuestra. Cuando recibimos la fe bíblica, la fe de María, el Espíritu Santo vuelve a obrar en nosotros para que Cristo crezca en nosotros. Entonces es cierto para nosotros: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí».
Así pues, la resurrección de Cristo es a la vez un acontecimiento histórico y transhistórico. Esto significa que trasciende el tiempo y el espacio, y que puedo conectarme a esta realidad por la fe y hacerla real en mi vida ahora, en este tiempo y espacio. Cada vez que vivo el momento presente en oración y me conecto por la fe al misterio de la muerte y la vida de Cristo, Cristo vive en mí. Estoy crucificado con Cristo. Ya vivo yo ―mi ego―, el pecado ya no vive ni reina en mí, sino que es Cristo quien vive en mí. En ese momento le ofrezco mi voluntad, mis manos, mis pies y todas las potencias de mi alma, y Él ESTÁ en mí, VIVE en mí, REINA en mí.
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