El encuentro entre Jesús resucitado y su Madre (motivación para la oración en el tiempo pascual)
María es nuestra Madre. A la hora de la muerte de Cristo, ella estuvo junto a la cruz en perfecta unión espiritual, crucificada con Él. Ella murió allí espiritualmente junto con Él. ¡Cuán profundo fue su dolor al ver morir a su Hijo! Sin embargo, ella fue la única que creyó que Jesús resucitaría. Incluso cuando los apóstoles estaban paralizados por el miedo y el dolor, ella, como la discípula más fiel, permaneció bajo la cruz y creyó.
La Escritura testifica que la Virgen María no estaba con las mujeres que fueron de prisa al sepulcro el domingo por la mañana. Las mujeres eran María Magdalena y las demás que estaban con ella, pero la Madre de Dios no fue al sepulcro. El domingo por la mañana, al despuntar el alba, un ángel removió la piedra, pero Cristo no salió del sepulcro. El ángel solo demostró que Jesús ya no estaba allí. La tumba estaba vacía. Jesús se había ido. ¿Dónde está Su espíritu y Su cuerpo glorioso esta noche? La tradición dice que, en primer lugar, Jesús resucitado se apareció a su Madre. Las Escrituras guardan silencio sobre este encuentro. ¿Dónde estaba la Madre de Dios la noche de la resurrección de Cristo? ¿Cómo pasó esa noche?
El día de la Anunciación, el arcángel Gabriel se presentó a la Virgen María diciéndole que Dios la había elegido para ser la Madre de su Hijo: «Salve, María, llena eres de gracia… darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús». María preguntó: «¿Cómo será esto?». Él respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso lo santo que nacerá será llamado Hijo de Dios». El pueblo del Antiguo Testamento trataba el encuentro con un ángel como un encuentro con Dios. La Santísima Virgen está ante el ángel, penetrada por la luz de Dios, y el ángel le habla como un mensajero de Dios, enviado por el Dios mismo. Ese momento marcó el acontecimiento más grande en la historia de la humanidad: Dios asumió la naturaleza humana. ¿Cómo sucedió? Por el poder del Espíritu Santo.
Es la noche del sábado al domingo. La Santísima Madre de Dios está orando de nuevo. De repente, no es el arcángel Gabriel quien viene a ella, sino el mismo Jesús resucitado. Ya no está ensangrentado y cubierto de heridas como lo vio hace tres días. Ahora lo ve glorificado, resucitado. Lo mira y experimenta nuevamente la perfecta unión con Él.
Puedes darte cuenta en la oración de la gran alegría que siente María por su encuentro con Jesús. Puedes imaginártela mirándolo a la cara y a Jesús mirándola a ella. Puedes imaginar lo que Jesús le dice y lo que ella Le dice a Él. Tal vez ella no dice nada, simplemente se encuentra cara a cara con Él, lo mira, con el corazón lleno de una alegría indescriptible. El cuerpo de Jesús ha sido glorificado, transformado y María es partícipe de ello. Percibe la gloria del cielo y el poder de Dios. Tal vez un canto de alabanza brotó de su corazón como durante su encuentro con Isabel: «Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador». Al parecer, ésta era su oración frecuente; quizás alababa al Señor con estas palabras todos los días.
María mira a su Hijo glorificado. Su corazón engrandece al Señor y su espíritu se regocija en Dios su Salvador. «¡Engrandece mi alma al Señor!». Puedes repetir estas palabras suyas en tu corazón en oración e imaginar que estás ahora en Jerusalén y ves a Jesús apareciéndose a su Madre. Mira con fe a Jesús resucitado, al igual que la Virgen María. Experimenta el momento de mirarle a la cara. Él está presente aquí. Vive este encuentro junto con la Santísima Virgen y regocíjate con ella. Ella es tu madre.
La resurrección, un modelo de oración: https://vkpatriarhat.org/es/?p=791
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