La fuente del mal en nosotros: el pecado original
8 de septiembre de 2021
La Santa Misa comienza con el acto penitencial: «Reconozcamos nuestros pecados…». Sigue una breve pausa de silencio. Para reconocer de verdad sus pecados, sería útil tanto para los sacerdotes como para los creyentes utilizar, al menos a veces, el siguiente examen: «Para no engañarnos a nosotros mismos, démonos cuenta de que hay una fuente del mal en cada uno de nosotros. Reconozcamos ahora cómo se manifiesta. En primer lugar: soy egoísta; impongo mi propia voluntad y no la de Dios. En segundo lugar: soy hedonista; busco el placer, incluso placer pecaminoso. En tercer lugar: soy demasiado crítico; condeno a los demás, pero me niego a ver o admitir mi culpa». (Pausa de silencio)
S (Sacerdote): Señor, ten piedad. T (Todos): Señor, ten piedad.
S: Cristo, ten piedad. T: Cristo, ten piedad.
S: Señor, ten piedad. T: Señor, ten piedad.
Este breve impulso de arrepentimiento nos lleva a darnos cuenta nuevamente de la realidad de nuestra pecaminosidad y de nuestros pecados concretos. ¿Por qué pecamos? Debido a la raíz del mal, el pecado original, dentro de nosotros. Guerras, torturas, sadismo, tiranía, asesinatos, todo el mal que ha estado presente en la humanidad proviene de esta común raíz envenenada. Esta raíz engendra todos los pecados y finalmente causa la condenación eterna.
Tenemos que reconocer el mal dentro de nosotros, así como nuestros pecados particulares, y solo entonces podremos ver realmente nuestra condición y el hecho de que no podemos ayudarnos a nosotros mismos. Aquí finalmente nos damos cuenta de que nuestra salvación está en el perdón de los pecados. Esto está condicionado por el arrepentimiento. El día de la Resurrección, Jesús dijo a los apóstoles: «Se predicará el arrepentimiento para el perdón de los pecados». El perdón de los pecados está relacionado con el misterio de la encarnación del Hijo de Dios y con Su muerte redentora en la cruz. Por su cruz, Jesús nos salvó del camino de la autodestrucción —del camino del pecado— que conduce al infierno.
El arrepentimiento consiste no solo en reconocer mi pecado, sino también en entregar mis pecados al Hijo de Dios crucificado y recibir el perdón por la fe. Pecamos cada día. Si nos arrepentimos de verdad, reconociendo incluso nuestros pequeños pecados tan pronto como empiecen a brotar y exponiéndolos enseguida a la luz de Dios, entonces es cierto: «Si andamos en la luz, la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1, 7). Cuando nos afligen incluso las caídas menores e inmediatamente sentimos la necesidad de arrepentirnos, nos apartamos del pecado y recibimos luz y fuerza para evitar los pecados graves. Si descuidamos hacerlo, nos volvemos más y más ciegos para nosotros mismos y entonces es cierto que el orgullo precede a la caída.
La verdadera autocrítica nos enseña a caminar en la verdad, a tener una verdadera relación con nosotros mismos, con Dios y con nuestro prójimo, y forma nuestra conciencia.
Ahora analicemos las raíces de nuestros pecados. En los primeros capítulos de la Epístola a los Romanos, el apóstol Pablo distingue entre el pecado en singular —para el que también utiliza el sinónimo «viejo hombre»— y los pecados en plural como frutos del viejo hombre (cf. Rm 1‒8).
La descripción bíblica del principio del mundo, el hombre y el pecado —la caída— no se presenta a la manera de la historiografía moderna, sino que habla a través de imágenes. Sin embargo, los elementos principales del evento son claros y el hecho dogmático es obvio. El hombre le debe a su hermano lo más vital si no le predica a Cristo, quien nos trajo sobre todo el perdón de los pecados y la liberación de su esclavitud, y, por tanto, la verdadera felicidad en la tierra y la vida eterna en el cielo.
Realizando una observación realista y objetiva del hombre y la historia, podemos ver la evidencia del pecado original diariamente. Encontramos claras manifestaciones de alienación, causadas por el pecado, que al mismo tiempo dañan las relaciones mutuas: del hombre con Dios, con otras personas y consigo mismo.
¿Cómo pasa el pecado original al hombre? Por medio de la procreación, que está ligada a la sexualidad, que tiene su significado y orden en el matrimonio. La sexualidad está relacionada no solo con la procreación, sino que también sirve para fortalecer la fidelidad de por vida y, por lo tanto, una relación conyugal armoniosa.
Separación de la sexualidad de la procreación
En la actualidad, hay una grave crisis de moral, estrechamente ligada a la apostasía de los dogmas católicos.
En la decadencia moral del mundo actual, se ha roto la vinculación indisoluble entre la sexualidad y el matrimonio. Habiendo sido separada del matrimonio, la sexualidad perdió su punto de partida y se convirtió en un poder maligno omnipresente. Después de su separación del matrimonio, la sexualidad también se separó de la procreación. Lógicamente, esto conllevó una mentira absurda, tan enérgicamente propagada hoy en día, a saber, que toda abominación y pecado relacionados con la sexualidad son «dignos» del hombre e iguales a la vida conyugal. Esto conduce a la abolición de la institución del matrimonio y la familia, célula básica de la sociedad.
Quien ha dejado de lado los principios morales busca entonces la satisfacción de la lujuria en el adulterio, y muchos también en la pedofilia, zoofilia, necrofilia y sodomía pecaminosas y criminales. La ideología de género legaliza las perversiones, de las que es vergonzoso aun hablar y que a menudo van de la mano con trastornos mentales, posesiones demoníacas y enfermedades, como muestra el Evangelio (sordera, mudez, ceguera, parálisis…). Tales personas se convierten en medios de demonios inmundos. Jesús no toleraba a esos demonios, sino que los expulsaba. La fuente del mal en nosotros tiene por objetivo nuestra autodestrucción. El medio para lograrla es también la inoculación masiva con la vacuna de ARN mensajero, que ya pertenece al proceso de implantación de microchips y está relacionada con la reducción de la humanidad, es decir, el genocidio masivo programado. Todos estos crímenes están codificados en la fuente del mal que llamamos pecado original. Todos lo llevamos dentro y debemos apartarnos de él, no someternos a él ni ser esclavizados por él.
La sexualidad pervertida no es algo neutral; afecta esencialmente a la psique humana. Quien se vuelve esclavo de este instinto contrario a la naturaleza está dispuesto a cometer otros delitos, como asesinatos, violencia, cinismo, sadomasoquismo, hasta la rebelión contra Dios y el satanismo… El pecado original es la raíz del mal y del crimen en nosotros. Detrás está el poder espiritual del mal que pasó a través del diablo —la serpiente infernal— a nuestros primeros padres. Este poder del pecado y de la mentira actúa secretamente en nosotros y debemos oponernos a él, porque de lo contrario destruiremos nuestra vida tanto temporal como eterna.
En la exhortación Amoris Laetitia, se establece como norma el enfoque subjetivo en lugar de la verdad objetiva y los mandamientos de Dios. Así decae la moral, porque detrás del enfoque subjetivo está la raíz del pecado original, cuyo objetivo es cumplir con el programa del diablo: la condenación eterna. Según Ga 1, 8-9, cada uno de los promotores de este nuevo antievangelio es excomulgado de la Iglesia.
Se está legalizando la homosexualidad, y los teólogos herejes —falsos profetas— no solo la aceptan, sino que también promueven. La gente ha cambiado su forma de pensar hasta tal punto que la perversión se ha convertido poco a poco en un derecho inalienable, un aspecto del llamado «hombre liberado». ¡Qué fraude criminal! ¡Ya no hay espacio para la verdad, el arrepentimiento o la salvación! Es el camino de un ciego a la perdición.
Sin embargo, hay otras razones para este desarraigo del ser humano de las profundidades de su naturaleza. Si la fecundidad se separa del matrimonio, basado en la fidelidad para toda la vida, pasa de la bendición a su opuesto, es decir, se convierte en una maldición para los individuos y la sociedad. El camino a la perdición se denomina de manera positiva como «el derecho del hombre a la felicidad». Así sucede que el aborto, de hecho el crimen del asesinato de un niño no nacido por parte de su madre, pasa a ser un «derecho» y otra forma de «liberación». Estos falsos paradigmas han sido promovidos por etapas e impuestos anormalmente durante el último medio siglo por el espíritu de la mentira y la muerte.
En la Iglesia, las herejías han socavado los dogmas vitales que son la base para mantener la verdadera moral. El hombre necesita motivación y el poder de la fe para luchar contra la fuente del mal en nosotros, es decir, el pecado. Cuando los pilares de la verdad y la luz han caído, la moral también carece de fundamento. Si se niega el pecado, el Salvador y el cristianismo resultan insignificantes e inútiles. Este suicidio espiritual y la traición a Cristo es fruto de la adoración al ídolo del ego, cuyo padre (autor) es el diablo (Jn 8,44).
La sociedad está siendo satanizada. Somos testigos de anarquía, declive de las leyes justas, se adoptan antileyes, se han extendido la filosofía decadente, negación de la diferencia entre el bien y el mal, adicción a las drogas, moral relajada, sexualidad desenfrenada vinculada con el crimen y la iniquidad, el aborto, eutanasia, abuso de la ciencia, la tecnología y medicina para la autodestrucción, vacunas experimentales… Todo esto engendra sufrimiento, epidemias y falsas pandemias, guerras y castigos de Dios. Si el pecado original explota de orgullo impenitente y sexualidad desenfrenada, la persona ya no está dispuesta a humillarse y aceptar la verdad. Permanece en el autoengaño, en la mentira, rechaza a Dios y sigue el camino de su propia destrucción. Y este es el programa del pecado original en nosotros: la autodestrucción temporal y eterna.
El núcleo de la tentación del hombre, el núcleo de su caída, se expresa en la Biblia con las palabras: «Seréis como Dios» (Gn 3, 5). Esto significa libres de la ley del Creador, libres de las leyes mismas de la naturaleza, dueños absolutos del destino propio. ¡Pero lo que le espera a un egoísta tan impenitente al final de este camino es el infierno después de la muerte! El único camino de salvación es Jesucristo, el Hijo de Dios y Salvador; sólo en Él tenemos el perdón de los pecados por medio del arrepentimiento.
+Elías
Patriarca del Patriarcado católico bizantino
+Metodio OSBMr +Timoteo OSBMr
obispos secretarios
Descargar: La fuente del mal en nosotros: el pecado original (08-09-2021)
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