Aunque todos te negaren, yo no te negaré
Después de que Jesús hablara sobre el amor en la Última Cena, Simón le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?». ¿Qué respondió Jesús? «Adonde yo voy, no me puedes seguir ahora, pero me seguirás más tarde». Pedro finalmente dijo: «Mi vida pondré por ti». Jesús le respondió: «De cierto, de cierto te digo que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces». ¿Qué sintió Pedro cuando Jesús le dijo esto? No lo entendía: «¿Qué dice de mí? ¿Cómo puedo negarlo? ¡Estoy dispuesto a sacrificar mi vida! Aunque todos lo traicionen, yo nunca lo haré». Pedro debió de mirar a Jesús con tristeza. «Señor, ¿qué dices? ¿Quién crees que soy? ¿Traicionarte? ¡Jamás! Yo no». Pedro lo decía sinceramente, pero desconocía la fuente del mal, el pecado original en nosotros, que se manifiesta en secreto y que solo una persona humilde puede desenmascarar recibiendo golpe tras golpe. Un golpe de derecha, otro de izquierda. Entonces aprendes la verdadera humildad, si eres capaz de aceptarla y no endureces tu corazón en el odio, la autocompasión ni la rebelión contra Dios. En la verdadera humildad, ya no confías en ti mismo, sino que confías plenamente en Dios. Pero no basta con exponer la fuente del pecado y la traición en nosotros; también tenemos que apartarnos de ella una y otra vez y recibir la liberación que solo se encuentra en Jesús, en su cruz, en nuestra crucifixión con él.
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