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La primera palabra de la cruz: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!» (Lc 23:34)

 

1. La reflexión sobre la Palabra de Dios:

Llevaban también a dos malhechores para ser ejecutados con Él. Cuando llegaron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores: uno a la derecha, y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lc 23, 32-34)

La muerte por crucifixión era el castigo más cruel y vergonzoso. Cuando hubieron llegado al sitio, ordenaron a Simón de Cirene dejar la cruz en el suelo. Después derribaron a Jesús de espaldas con sus hombros contra la viga. El soldado ―verdugo― le palpó la hendidura por delante de la muñeca y ahí puso un pesado clavo cuadrado de hierro y lo golpeó con el martillo. El clavo perforó la piel y pasó por el lugar donde fue el nervio, que controla los movimientos del pulgar y señaliza el dolor. El dolor causado por la perforación de la muñeca en este lugar es insoportable. Las venas fueron arrancadas y la herida estaba sangrando profusamente. Los golpes siguientes con el martillo clavaron la mano en la madera de la cruz. La otra mano y ambos pies fueron clavados en la cruz de la misma manera. En estos terribles dolores, recurriendo a todas sus fuerzas, Jesús pronunció las palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

La segunda palabra de la cruz: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.» (Lc 23, 43)

 

1. La reflexión sobre la Palabra de Dios:

Uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. El otro le reprendió diciendo: ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos; pero éste no hizo ningún mal. Y dijo: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino. Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. (Lc 23, 39-43)

“Jesús …”, el malhechor fija sus ojos en el rostro torturado de Jesús. Sobre la nariz y el lado derecho del rostro hay las heridas causadas por un golpe del palo, excoriaciones en los párpados y las cejas, una hinchazón en la mejilla, la nariz que sangra, contusiones y heridas de la piel. Su cara está empapada de sangre de las arterias en la cabeza, que fueron atravesados por las espinas. Las heridas en las manos y los pies están sangrando. El malhechor oye las burlas y blasfemias de los soldados, oye al otro malhechor colgado en la cruz. Él también oye las blasfemias de la jerarquía soberbia. El malhechor, sin embargo, consciente de su propio pecado, miró a los ojos de Jesús, creyó en Él y pronunció con fe: “¡Jesús!, acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino”. Así él también confesó ante todos que Jesús es realmente el Hijo de Dios. Sólo Él perdona los pecados y nos hace partícipes del Reino de Dios. Era una confesión pública y gloriosa de Jesús ante sus enemigos, que se burlaban de Él.

La tercera palabra de la cruz: «He ahí tu madre.» (Jn 19, 27)

 

1. La reflexión sobre la Palabra de Dios:

“Estaban junto a la cruz de Jesús Su madre… Cuando Jesus vio a Su madre y al discípulo a quien amaba, de pie junto a ella, dijo a Su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió consigo(en latino: “in sua”). (Jn 19, 25-27)

“Estaba junto a la cruz de Jesús Su madre…” Ella Lo ve crucificado, torturado, Su cuerpo cubierto por las heridas. La corona de espinas causa un dolor particularmente insoportable. Prensado en su cabeza, las espinas afiladas atraviesan el cuero cabelludo y causan hemorragia dolorosa. Ella Lo vio caer sobre su cara varias veces bajo el peso de la cruz. Las caídas en el camino de la cruz dejaron moretones dolorosos en sus rodillas. Cuando lo encontró allí, fue sólo por un brevísimo momento. Ahora ella está de pie bajo la cruz. Jesús la volvió a ver. Él está mirando a ella… María está aquí en la unidad espiritual perfecta, crucificada juntamente con Él. De pie junto a ella está el discípulo Juan. Cuando Jesús le vio, dijo a Su Madre: Mujer, he ahí tu hijo”. El discípulo no se da cuenta completamente de cómo profundamente se está cumpliendo el misterio de su nuevo nacimiento. Él está mirando a Jesús, por el cual ha dejado todo. La palabra de Jesús penetra hasta el fondo de su corazón. Aquí, en su corazón, él recibe espiritualmente a la madre de Jesús, que se hizo su Madre también.

La cuarta palabra de la cruz: «¡Tengo sed!» (Jn 19, 28)

 

1. La reflexión sobre la Palabra de Dios:

Sabiendo Jesús que ya todo se había consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: ¡Tengo sed! Había allí una vasija llena de vinagre. Entonces pusieron en un hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca.” (Jn 19, 28-29)

Jesús es clavado en la cruz y tiene sed. La flagelación cruel ha rasgado Su cuerpo sagrado y Él ha perdido mucha sangre. El azote constaba de varias gruesas tiras de cuero con dos pelotitas de plomo fijadas cerca del extremo de cada una. Las pelotitas de plomo producían, primeramente, grandes y profundas magulladuras, que luego se abrían con los golpes siguientes. Finalmente, la piel de la espalda colgaba en largas cintas y todo el área era una masa irreconocible de tejido roto que sangra. Dos verdugos azotaban a Jesús con toda fuerza. El látigo pesado caía, una y otra vez, sobre los hombros, la espalda, y las piernas de Jesús. Los soldados no escatimaron ninguna parte del cuerpo, ni siquiera la cabeza y la cara.

La quinta palabra de la cruz: “¡Eloi, Eloi! ¿Lema sabactani?” (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?) (Mc 15, 34)

 

1. La reflexión sobre la Palabra de Dios:

“En la hora novena Jesús exclamó a gran voz, diciendo: ‘¡Eloi, Eloi! ¿Lema sabactani?’” (Mc 15, 34)

Jesús está muriendo en la cruz. Su cuerpo está lleno de heridas y contusiones, la piel está cubierta de sudor frío y pegajoso. Él no puede encontrar una posición que Le permitiera por lo menos un poco de alivio. Los clavos en las muñecas están presionando los nervios medianos, dañados gravemente, causando un dolor fuertísimo. Cuando Jesús se empuja hacia arriba para evitar este tormento, Él coloca todo su peso sobre el clavo que atraviesa los pies. Nuevamente se produce una agonía de dolor ardiente, cuando el clavo desgarra los nervios entre los huesos metatarsicos de los pies. Cada movimiento es seguido con un nuevo sangramiento. Las manos se fatigan, grandes oleadas de calambres pasan por los músculos engarrotándolos en un profundo dolor punzante. Los calambres aprietan las terminaciones nerviosas de los músculos. Se puede inhalar aire a los pulmones pero no se puede exhalar. Jesús lucha por elevarse para tener al menos un pequeño respiro. Finalmente, el aire entra en los pulmones, la sangre se enriquece un poco y los calambres se relajan parcialmente. Espasmódicamente, Jesús logra levantarse para exhalar y luego inhalar el oxígeno que sostiene la vida. Jesús experimenta ciclos de calambres dolorosos cada vez mayores. Con cada movimiento hacia arriba o abajo, Sus espaldas laceradas se desgarran contra el rugoso madero de la cruz. La fiebre se eleva, cada choque de Su cabeza contra el travesaño de la cruz incrusta las púas más profundamente en su cuero cabelludo.

La sexta palabra de la cruz: “¡Consumado es!” (Jn 19, 30)

 

1. La reflexión sobre la Palabra de Dios:

“Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo ‘¡Consumado es!’”. (Jn 19, 30)

Los brazos de Jesús se fatigan, están perdiendo la fuerza. Grandes oleadas de calambres barren los músculos, haciendo nudos en ellos con un dolor profundo y pulsante. Llegan los ciclos de asfixia. Los músculos del pecho son paralizados y incapaces de actuar. Jesús lucha para lograr siquiera una respiración breve. Siente un profundo dolor opresivo en el pecho. El pericardio lentamente se llena de suero, comienza a comprimir el corazón y por lo tanto restringe sus movimientos. El corazón late de forma irregular. La pérdida de sangre y sed ardiente causan que el corazón comprimido está luchando para bombear sangre pesada y espesa en los tejidos. Los pulmones torturados están esforzándose frenéticamente para tragar pequeñas cantidades de aire. Jesús puede sentir el frío de la muerte que paulatinamente invade sus tejidos. Con últimas fuerzas empuja sus pies partidos contra el clavo, endereza sus piernas y toma más aire. Se oye Su palabra: “¡Consumado es!”

La séptima palabra de la cruz: “Padre (Abba), en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lc 23, 46)

 

1. La reflexión sobre la Palabra de Dios:

Ríos de sangre fluyen por el rostro pálido de Jesús. La sangre está cada vez más oscura. El rostro cubierto de heridas se alarga. Los labios son de color azul y comprimidos. Su cabeza se hunde en su pecho, el corazón deja de latir. Jesús entiende que está en el umbral de la muerte.

“… y hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. El sol se oscureció y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: ‘¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!’ Y habiendo dicho esto, expiró”. (Lc 23, 44-46)

Sus palmas, antes cerradas, se han abierto y las manos han colgado inpoderosas. Las rodillas se han inclinado hacia un lado. La cabeza se hundió en el pecho sin vida. El Señor Jesús exhaló su último suspiro. Eran las tres de la tarde.

La resurrección de Jesucristo

¡Cristo ha resucitado!

(la celebración del domingo)

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“Vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros, porque toda la Ley en esta sola palabra se cumple: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.”

Gl 5, 13-14 (desde 16-6-2019 hasta 30-6-2019)

Reflexión sobre la Palabra de Dios